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HISTORIAE

Los cátaros

Artículo sobre los cátaros escrito por Luis Galan Campos, doctorando en Historia medieval

Introducción

En la primavera de 1325, con la lectura de las últimas condenas (a prisión en Carcasona o a llevar de por vida un sambenito, es decir, unos ropajes humillantes), termina un proceso de más de seis años que ha perturbado la paz en la pequeña aldea de Montaillou, perdida en las montañas del sur de Francia. La razón de que la inquisición se haya cebado con los pastores que habitan este lugar es que el humilde Montaillou fue a principios del siglo XIV el último lugar en que campó a sus anchas la herejía de los cátaros.

A muchos les sonará el nombre de “cátaros”, sin duda relacionado con historias fantásticas sobre el santo Grial o la resistencia heroica de un grupo de librepensadores contra los grandes poderes y su intolerancia, la Iglesia Católica y la monarquía. Sin embargo, lo cierto es que hoy sabemos todavía muy poco acerca de quiénes eran los cátaros —o “buenos cristianos” como ellos se llamaban—, en que creían o cómo se organizaban. Además, la explosión de novelas desde los años 70 no ha hecho más que enterrar en las turbias aguas de la leyenda lo que sin duda fue uno de los fenómenos religiosos y sociales más interesantes de la Edad Media.

Estado actual de la aldea occitana de Montaillou, último foco de resistencia de los cátaros
Estado actual de la aldea occitana de Montaillou

Occitania, la tierra de los cátaros

Montaillou representa el capítulo final de una historia que había comenzado doscientos años antes en las ciudades de Albi, Béziers, Tolosa o Carcasona, pertenecientes a la región francesa de Occitania. Esto es importante resaltarlo porque, aunque se extendió a las regiones vecinas de Francia, el norte de Italia o Cataluña, el fenómeno de los cátaros está indudablemente ligado a Occitania.

Con el nombre de Occitania conocemos las tierras donde se habla occitano o lengha d’òc (lengua de òc) en la que escribían los trovadores. Aunque esta región se extiende hasta el océano Atlántico francés, el núcleo duro de Occitania eran los dominios del conde de Tolosa (que incluían además el marquesado de Provenza hasta los Alpes). Teóricamente, los condes son vasallos de los reyes de Francia, pero estos raramente extienden su poder más allá de sus propios dominios en la cuenca del Sena.

No obstante, a mediados del siglo XII la decadencia de la dinastía condal, los Saint-Gil, coincidió con el ascenso de los reyes de Francia y los primeros intentos por extender sus tentáculos al sur. Los condes se apoyaron en una nutrida pero pobre nobleza (la mayoría cuentan con señoríos muy reducidos y pobres rentas) y cada vez más en una poderosa burguesía comercial que dominaba las grandes ciudades como Tolosa, Montblanc o Albi. Estas ciudades a partir del siglo XII se convierten en mercados de grano y centros productores de tejidos de lana, además de piezas clave en su comercio terrestre.

Mapa político de Francia en la segunda mitad del siglo XII, en el origen de los cátaros
Mapa político de Francia en la segunda mitad del siglo XII

La prosperidad urbana atrajo a inmigrantes del campo a trabajar en los telares o la construcción, lo que permite el florecimiento de las artes (sobretodo en las iglesias románicas) y la literatura con la poesía trovadoresca en occitano, la primera literatura europea en una lengua romance.

¿Por qué surgieron los cátaros?

Los predicadores y hombres de Iglesia de la segunda mitad del siglo XII, como san Bernardo o Giachino da Fiore, no paran de insistir en que el mundo es cada vez más corrupto y lleno de maldad. Para ellos la razón son estas aglomeraciones urbanas que surgen en Occitania, la cuenca del río Sena, los Países Bajos o el norte de Italia donde florece el comercio. El dinero y la subversión del orden tradicional con el ascenso de los burgueses es la causa de la putrefacción del mundo, que en última instancia preludia el fin del mundo.

Los historiadores modernos (más comedidos) como Paul Labal o Robert Fossier indican que los cátaros y otros “grupos heréticos” surgieron por la incapacidad de la Iglesia católica de acoger y adaptar estos cambios sociales. La aparición de nuevas doctrinas responde pues a la necesidad de resolver nuevas preocupaciones, nuevas situaciones o nuevos grupos de personas (como los trabajadores de las ciudades) que no puede resolver la Iglesia. Ya desde el siglo XI vemos que en diversos puntos de Europa occidental o central aparecen grupos de herejes (tienen doctrinas cristianas propias que se apartan de la interpretación oficial) que comparten algunos rasgos con el catarismo.

Mapa de la extensión de los cátaros en Francia
Mapa de la extensión de los cátaros en Francia (Fuente: Pinterest)

Características de los cátaros

Sobre los cátaros han corrido ríos de tinta. Aun así, nuestro desconocimiento se debe a que sus propios textos no se han conservado, ya sea porque nunca fueron puestos por escritos o porque los que sí lo estaban fueron quemados. De esta manera, buena parte de lo que sabemos viene de indicios indirectos como los interrogatorios a cátaros por la Inquisición.

Hacia 1168, la llegada de un obispo llamado Nicetas desde el Levante mediterráneo para “ordenar” los primeros obispos cátaros nos indica que se trata de una corriente herética de origen sirio que llega a Europa con las nuevas rutas abiertas con las Cruzadas. Sin embargo, su éxito se debe a que respondía a las inquietudes de los hombres y mujeres del momento.

Basílica de Saint-Sernin de Tolosa, construida en el siglo XII, en tiempos de los cátaros
Basílica de Saint-Sernin de Tolosa, construida en el siglo XII

Para los cátaros el mundo en que vivimos es una trampa para las almas semejante al infierno. Solamente existe verdaderamente el mundo espiritual gobernado por el Dios bueno, pero un Dios malo que lo iguala en poder creó el mundo material para encerrar las almas libres. Por eso los cátaros desprecian tanto las riquezas terrenales como las imágenes que quieren convertir lo intangible en materia, la Iglesia que atesora riquezas y fabrica esas imágenes, y las mujeres que, con el parto, encierran a las almas en cuerpos de carne.

Aunque sus miembros se llamaban a sí mismos los “perfectos” o “buenos cristianos”, sus contemporáneos los llamaban cátaros, albigenses (de Albi) o “herejes vestidos”, por las largas túnicas negras que vestían sus sacerdotes. Estos se limitaban a viajar predicando su palabra y administraban un único sacramento a la hora de morir llamado “consolament”. Las mujeres, al contrario de lo que se piensa, no podían ejercer el sacerdocio. Se limitaban a vivir todo lo posible en castidad (para no procrear), en comunidad y a practicar la caridad.

Los cátaros, la gran herejía cristiana

Pronto la Iglesia católica se dio cuenta de que tenía problemas para contener la expansión del catarismo. Hacia finales del siglo XII, su popularidad despierta la preocupación del Papado. El retraso se debe a que no se distingue en principio a los cátaros de los pequeños grupos heréticos que surgían por doquier y que tenían una existencia efímera. También la eterna lucha entre los Papas y los emperadores germánicos que no concluye hasta la Paz de Constanza (1183) contribuye a que no se pueda prestar debida atención al problema de los cátaros.

Ciudadela de Carcasona, uno de los baluartes de los cátaros en Francia
Ciudadela de Carcasona, uno de los baluartes de los cátaros en Francia (Fuente: National Geographic Historia)

El fracaso que cosecha el Papado con los métodos acostumbrados, como la represión de núcleos aislados o el recurso a los monjes del Císter, allana el camino a una solución novedosa: la guerra total. El problema con la herejía albigense era que no se limitaba a grupos aislados o a los pobres tejedores de lana y su familia, sino que contaba también con adeptos entre la rica burguesía que no se veía representada en el discurso y las prácticas de la Iglesia.

También hubo pequeños nobles occitanos que se hicieron cátaros porque miraban con envidia los grandes dominios de la Iglesia y sufrían la voracidad con la que los obispos y curas reclamaban tributos. Incluso el conde Ramón V de Tolosa (1148-1194) y su hijo, el futuro Ramón VI, desde la condena formal de la herejía, miraban con simpatía a estos hombres de negro que predicaban que los hombres de Iglesia debían renunciar a sus posesiones.

Los buenos tiempos vividos por los cátaros llegarían a su fin con la llegada al trono papal de Inocencio III, un hombre con una sólida formación de jurista y curtido en mil batallas contra los eclesiásticos del emperador. La cruzada albigense o cruzada contra los cátaros acababa de empezar.

Fresco de una iglesia italiana de principios del siglo XIII que representa al papa Inocencio III, el enemigo de los cátaros
Fresco de una iglesia italiana de principios del siglo XIII que representa al papa Inocencio III

Artículo escrito por Luis Galan Campos, doctorando en Historia medieval

Bibliografía

AURELL, M. (2005): Les cathares devant l’histoire. Cahors: L’Hydre.

LABAL, P. (2000): Los cátaros: herejía y crisis social. Madrid: Critica.

FOSSIER, R. (1996). La sociedad medieval. Madrid: Crítica.

LE ROY LADURIE, M. (1981): Montaillou: una aldea occitana (1294-1324). Barcelona: Taurus.


Luis Galan Campos es graduado en Historia por la Universidad de Valencia y ha cursado el Máster de Formación en el Mundo Occidental en la misma universidad. Actualmente está haciendo el doctorado. Su periodo histórico de investigación es la Edad Media (s. V – XV), contando entre sus áreas de trabajo la aristocracia occidental, la ideología de las élites, la Historia de las religiones y la construcción y establecimiento de los Estados.

Resumen
Los cátaros, la mayor herejía del cristianismo medieval
Nombre del artículo
Los cátaros, la mayor herejía del cristianismo medieval
Descripción
¿Quiénes fueron los cátaros? ¿Cómo se convirtió el catarismo en la mayor y más amenazante herejía que vivió el Cristianismo en la Edad Media?
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